Durante los “locos años `20”, la gente más elegante acudía a las tiendas de Loewe en Madrid y Barcelona en busca de delicados bolsos femeninos y, en el caso de los caballeros más sofisticados, maletines con todos los utensilios para el afeitado, esculpidos en plata. También buscaban baúles de viaje en todos los tamaños y álbumes de fotos labrados, en los que conservaban el testimonio de las elegantes vacaciones de verano pasadas en San Sebastián.

Pero en 1934, tras las muertes de su padre y abuelo en tan sólo cinco años, Enrique Loewe Knappe tomó el timón de la compañía en un escenario de miedo. Algunos clientes abandonaban el país. Otros se preguntaban si el propio Rey huiría de España. En 1936 se cortan los grandes bulevares y España cae en la guerra civil. En octubre de ese año, el General Franco es declarado jefe de estado.

Loewe abre su boutique insignia en la Gran Vía de Madrid en 1939 y, cuatro años después, en el Paseo de Gracia de Barcelona. Estas tiendas emiten un rayo de luz en tiempos difíciles, aunque no sólo para aquellos pocos que pueden permitirse comprar en Loewe. Frente a una realidad desierta de gracia, los escaparates eran verdaderos oasis de creatividad, gloriosas explosiones de inspiración que todos podían disfrutar. Todo transeúnte podía gozar de los pavos reales blancos, los Aladines con turbantes y, en contraste con una dictadura que prohibía a las mujeres viajar sin sus maridos, los aviones que despegaban con rumbo a tierras exóticas. Los productos jugaban un rol secundario pero la compañía aportaba su granito de arena para alimentar la esperanza de un futuro mejor. El creador de estas fantasías rebeldes era José Pérez de Rozas, quien dio a Loewe su dirección creativa desde 1945 hasta 1978. “Si Pérez de Rozas hubiese vivido en París, habría sido tan famoso como Christian Dior”, dice Enrique Loewe Lynch, representante de la cuarta generación de la familia.

En 2009, una elegante señora entregó a los responsables de los archivos de la Casa dos queridos bolsos de la más oscura época del régimen de Franco, junto con una historia de amor y valentía. La señora contó que, dado que no era seguro andar por la calle, su marido recreó los escaparates de Loewe en la privacidad de su apartamento para darle un lugar seguro en el que soñar.

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